
Con el viento aullando, la lluvia cayendo a cántaros y las temperaturas bajo cero en las
cumbres, diría que la UTMB Snowdonia ha sido la carrera con las condiciones más duras en
las que he competido nunca. Y aun así, también la considero la carrera en la que me he
sentido mentalmente más fuerte que nunca. Hay varias razones: una buena preparación y
unos cuantos años de experiencia en montaña, claro, pero hubo otro factor que me empujó
durante las 9 horas, los 57 kilómetros y los 3500 metros de desnivel positivo. Y empieza hace
más de 20 años.
Cuando era niña, en Seattle, tenía una mejor amiga que se llamaba Natalie. Íbamos juntas al
colegio, pasábamos las vacaciones juntas y nuestras familias estaban muy unidas. Las dos
éramos hijas únicas, nuestros padres tocaban juntos en un grupo y nuestras madres eran
amigas íntimas, así que acabamos siendo como hermanas. Cuando teníamos 18 años, a
Natalie le diagnosticaron una leucemia muy agresiva y falleció apenas un año después, en
mayo de 2006.
Antes de ponerse enferma, sus padres la habían llevado de viaje a Gales, Inglaterra e Irlanda.
Fueron las últimas vacaciones familiares antes del diagnóstico, y durante la enfermedad
empezó a usar las imágenes de aquel viaje como terapia: se evadía del cuerpo y se imaginaba
volando sobre las colinas verdes de la campiña galesa. Me decía que era el sitio más tranquilo
y bonito que había visitado en su vida. Tras su muerte, su familia y yo hicimos el largo viaje
desde Seattle hasta Gales para esparcir sus cenizas en el Gran Orme.
Justo al lado están las montañas por las que corrí en mayo, aunque con un tiempo muy
distinto al de aquel día soleado que pasamos juntas hace 20 años. Natalie nunca fue
corredora, pero sabía bien lo que era avanzar por un terreno muy duro con determinación y
dignidad. Con esa misma actitud intenté afrontar cada kilómetro de esta carrera.
El recorrido se divide en cuatro ascensos, cada cima con una subida implacable de 700 a
1000 metros, durante las cuales la lluvia arreciaba, las temperaturas bajaban y la visibilidad
se volvía nula. Al llegar a la última cima ya no se veía nada: la montaña estaba
completamente envuelta en una niebla helada. La gente pedía ayuda para ponerse los guantes,
con los dedos demasiado congelados como para abrir los bolsillos del chaleco o un gel. Con
solo tres avituallamientos en todo el recorrido, estuvimos bastante solos.
No tenía ni idea de en qué posición iba en la categoría femenina. Eso sí, noté que recibí un
apoyo increíble en los avituallamientos: los voluntarios se acercaban, me cogían los bidones,
me los rellenaban y me preguntaban si necesitaba algo. Más tarde supe que había pasado la
mayor parte de la carrera entre las 15 primeras mujeres. Al final perdí algunos puestos, pero
aun así entré fuerte en el puesto 18 de las más de 200 mujeres que habíamos salido juntas.
No saber en qué posición iba fue liberador: solo tenía que centrarme en lo que tenía delante,
tirar de mis propias reservas y pensar mucho. Hablaba con la gente que tenía alrededor (qué
sorpresa…) cuando podíamos oírnos por encima del viento, y también hablé con Natalie,
sobre todo para explicarle por qué ahora me meto en estas locuras. No sentía que estuviera
compitiendo contra nada más que contra mi propia cabeza y los elementos. Nunca antes había
usado música en una carrera de trail, pero preparé una lista solo para esos últimos 15 km, y
también me ayudó a no bajar el ritmo.
UTMB es un circuito muy caro, súper competitivo y de alcance mundial. La carrera en sí
estuvo bien organizada, pero os digo—no mejor que algunas de las mejores que corremos
aquí en Andalucía. Gales tiene un significado especial para mí, está claro, y en el vigésimo
aniversario de la despedida de mi amiga sentí que nada podría haber encajado mejor. Pero no
voy a salir a perseguir carreras UTMB por el mundo: al fin y al cabo, el speaker no tenía nada
que envidiarle a Chito o a Vane y en todo el evento no había ni un trozo de jamón ni una gota
de aceite de oliva!! Así que, agradecida estoy por las aventuras que nos sorprenden y nos
ponen a prueba, y más agradecida por volver a casa, a las carreras de las que aprendí y con el
equipo que me enseñó cómo se hace.









